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Cuando una novela intenta convencerte de que el monstruo no es un monstruo

Writer: Lee Vincent
Lee Vincent
Aug 7
2 min read

Hay una diferencia enorme entre escribir un personaje moralmente oscuro y escribir una historia que intenta convencer al lector de que ese personaje merece ser perdonado.

No son lo mismo.


Como lectora, disfruto los personajes complejos. Me interesa explorar protagonistas que toman malas decisiones, que viven en zonas grises y que desafían mis propios límites morales. La ficción es, precisamente, el lugar donde podemos acercarnos a aquello que nunca aceptaríamos en la vida real.


El problema aparece cuando la narración deja de explorar esa oscuridad y empieza a justificarla.


Una de las estrategias más comunes consiste en darle al protagonista una causa noble. Quizá rescata niños, lucha contra la corrupción, protege a los más débiles o combate a criminales peores que él. De repente, el lector empieza a hacer una contabilidad moral: "Sí, hizo algo terrible... pero también salvó muchas vidas".


Y, sin darse cuenta, la historia ha cambiado la conversación. Ya no estamos evaluando las acciones del personaje. Estamos comparándolo con alguien peor.


Otra estrategia consiste en crear un segundo villano mucho más monstruoso. Frente a ese nuevo referente, el protagonista deja de parecer tan terrible. No porque haya cambiado, sino porque el contraste modifica nuestra percepción.


Es una técnica muy efectiva desde el punto de vista narrativo. Nuestro cerebro no juzga en términos absolutos; juzga por comparación.


Pero aquí surge una pregunta interesante. ¿Estamos comprendiendo al personaje o la novela está intentando dirigir nuestro juicio?


Como escritora, esa diferencia me parece fascinante.


No necesito que una historia me diga que un personaje es bueno. Tampoco necesito que me convenza de que merece mi simpatía. Lo que busco es coherencia. Si un protagonista es un depredador, un asesino o un manipulador, prefiero que la novela tenga el valor de sostener esa realidad sin maquillarla.


Porque un personaje puede ser profundamente interesante sin ser justificable.


De hecho, algunos de los mejores villanos de la literatura funcionan precisamente por eso. La historia no intenta absolverlos. Nos permite entrar en su mente, comprender cómo piensan e incluso sentir cierta empatía por ellos, pero nunca nos exige olvidar lo que son.


Y creo que ahí está la diferencia entre una novela que confía en la inteligencia del lector y una que intenta conducirlo hacia una conclusión específica.


La ficción tiene el poder de hacernos sentir incómodos. De cuestionar nuestros límites. De obligarnos a convivir con personajes que jamás invitaríamos a nuestra mesa.


Eso no me molesta. Lo que me incomoda es cuando la historia deja de hacer preguntas y empieza a responderlas por mí.


Porque comprender a un monstruo puede ser literariamente brillante. Pero convencerme de que ya no lo es... es otra historia. 


Y eso realmente me incomoda porque es como condecendencia literaria... y hasta ahí.


 
 
 

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